Vete de aquí
Leyendo me reencuentro con el "locus amoenus".
Reproduzco aquí lo que leo
allí:
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| Vista della costa di Amalfi dai Cappuccini Carl Frederic Aagaard |
"‘Amoenus’ es un adjetivo latino que significa “ameno, agradable, delicioso, encantador”. Así pues la traducción literal de
locus amoenus
sería “lugar ameno o bonito”. Pero cuando hablamos de dicho concepto
nos referimos a un tópico de la literatura clásica latina, utilizado
especialmente durante las épocas medieval y renacentista (aunque, como
veremos, ha estado presente en la literatura posterior), que podemos
entender mejor acudiendo a la definición de
Ángel González, que explicaba el tópico de ‘locus amoenus’ como un “lugar propicio para el amor”, para el disfrute, para el gozo.
Se trata de un bello y umbrío paraje compuesto por una serie de
elementos esenciales:
un prado o lugar recogido, con árboles y demás vegetación, con un
arroyo o una fuente, normalmente bañado por una refrescante brisa
estival, el sonido de los pájaros y la presencia de las flores, pintando
el cuadro con su diversificado cromatismo y enriqueciendo el entorno
con su aroma.
Los primeros ejemplos de ‘locus amoenus’ podemos encontrarlos en poetas clásicos como
Horacio,
Virgilio o
Teócrito,
que encuadraban las escenas pastoriles de su poesía bucólica en parajes
compuestos por los elementos anteriormente descritos. Muy pronto este
tipo de descripciones se desvincularon del contexto bucólico, dejando de
ser simples paisajes donde se enmarcaban diversas escenas para
convertirse en objeto de pinturas retorizantes. Un ejemplo de este tipo
de descripciones podemos encontrarlo en los siguientes versos de
Petronio (cap.
CXXXI):
Mobilis aestiuas platanus diffuderat umbras
et bacis redimita Daphne tremulaeque cupressus
et circum tonsae trepidanti uertice pinus.
Has inter ludebat aquis errantibus ammis
spumeus, et querulo uexebat rore lapillos.
dignus amore locus: testis siluestris aëdon
atque urbana Procne, qua circum gramina fusae
et molles uiolas cantu sua rura colebant.
El movedizo plátano su sombra estival extendía,
y el laurel coronado de bayas, y el ciprés
tembloroso, y los pinos bien cortados y de trémula copa.
Allí jugaba entre espumas un errabundo riachuelo,
que con sus ondas quejumbrosas los guijarros hería.
Lugar hecho para amar: díganlo el ruiseñor de las selvas
y la urbana golondrina, que revolando entre césped
y tersas violetas, llenaban el lugar con su canto.
A través de
Petrarca este concepto llegó a los
poetas medievales y renacentistas, que lo hicieron suyo y lo
introdujeron como elemento esencial de su quehacer lírico; entre ellos,
Garcilaso de la Vega (¿quién si no?), que describe varios ‘loci amoeni’ en sus famosas églogas. El siguiente ejemplo pertenece a la
Égloga II (versos 64-76):
Convida a un dulce sueño
aquel manso rüido
del agua que la clara fuente envía,
y las aves sin dueño,
con canto no aprendido,
hinchen el aire de dulce armonía.
Háceles compañía,
a la sombra volando
y entre varios olores
gustando tiernas flores,
la solícita abeja susurrando;
los árboles, el viento
al sueño ayudan con su movimiento.
El concepto ha evolucionado a lo largo del tiempo, siendo adaptado a
sus necesidades por poetas de diferentes épocas. Así muchos autores,
como
Fray Luis de León, vincularon el ‘locus amoenus’ con el Edén, mientras que otros, como
Gonzalo de Berceo,
se acercaron a esta idea no como una simple evocación, sino desde el
concepto de “paraíso perdido”. Asimismo podemos encontrar otro tipo de
uso en
William Shakespeare, que situaba el ‘locus
amoenus’ como un espacio alejado de la ciudad, donde sus personajes
podían dar rienda suelta a sus pasiones eróticas, alejados de los
hipócritas ojos censuradores de la sociedad establecida. Los ejemplos
más claros están en ‘Sueño de una noche de verano’ y ‘Tito Andrónico’,
pero también aparece en ‘Hamlet’ o ‘Julio César’.
‘Locus amoenus’ es un concepto muy flexible, con ciertas
características imprescindibles pero perfectamente adaptables al gusto y
la intención del poeta. Por ejemplo, durante el Romanticismo se le
añadió un carácter más salvaje, convirtiéndose en lugares más sombríos,
más duros, menos bucólicos y más asilvestrados. Posteriormente, el
‘locus amoenus’ se introdujo en el mundo urbano y los bosques se
convirtieron en jardines y los ríos en fuentes de piedra. Ya en el siglo
XX,
Antonio Machado creó un magnífico ‘locus amoenus’ en uno de los poemas de ‘Soledades’, conocido por su primer verso,
El limonero lánguido suspende.
En él acude a uno de los conceptos que acabamos de comentar, pero en
este caso el “paraíso perdido” no es otro que la infancia:
El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro…
Es una tarde clara,
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro,
algún recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.
En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia,
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.
Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas.
Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en sus macetas.
Que tú me viste hundir mis manos puras
en el agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la fuente sueñan…
Sí, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de primavera."